Veo.
Un
recuerdo habitado por dos seres que se abrazan en la distancia, reconociéndose
infinitos y prometiéndose la vida eterna. Dos manos que se unen y se
entrelazan, abriéndose a un nuevo destino, mas sabiéndose portadores de la
semilla de su reencuentro. Somos dos en este camino, y nos estamos
reencontrando.
Anoche
me salté un pedazo de cielo, era como la capa caída de un barco que navega sin
puerto. Intentando dormir me reflejé en el espejo de tus aguas, y naufragué,
porque eras el mar más profundo que nunca había reconocido. Intento soslayar
los intentos por tocarte, mas mis manos se alejan por el temor a convencerte.
Queríamos encontrarnos más allá del tiempo, y lo hicimos, como ya estaba
predestinado. Nuestras almas se conformaron con conocerse, infinitas, se
saboreaban en destellos. Hubo una luz que nos seguía, y la muerte nos anunciaba
el próximo paso. Cuando quisimos vernos ya no pudimos, porque nos habíamos
olvidado.
Siglos de desencuentros para finalizar en un instante. La disolución hecha palabra, porque la voz no se había olvidado, estaba allí presente, susurrando en el espacio infinito que nos habitaba. Traíamos todos nuestros recuerdos juntos, y una esperanza verdadera en la humanidad y en todos sus frutos. Queríamos saber de qué se trataba la nueva verdad, y nos encontramos para revivirlo. Ya sabíamos todo lo que teníamos que saber. Los trajes ya estaban diluidos. Nudos cortos se desataron, mientras mirábamos las estrellas que nos habían convocado. Estabas tan vibrante, como siempre.
Hubo una vez un delirio que me llevó a creer que ya más nunca te encontraría, pero los destellos me mantenían con fe, porque las manos ya se habían unido, porque los cuerpos ya se conocían, porque los otros ya no tenían sentido. Había nuevos ojos que nos iluminaban, más allá de toda tormenta, más allá de toda sinrazón, más allá de todo lo que vivimos, más allá. Trajimos todo lo que necesitábamos, y mucho más también, porque no podíamos pasar el invierno sin abrigos, no podíamos. El frío era intenso, y las memorias se confundían con los recuerdos, no había más que hacer, ya todo estaba reconocido. Hijos, y madres, y abuelos, y padres, y un sínfin de re-encuentros, ya no había más que hacer, porque ya todo estaba resuelto. Recordamos sinsabores, y lujurias, y recesos, y tristezas, recordamos. ¿A quién le hace falta recordar más que a las almas que lo necesitan? Traíamos infinitas soledades, infinitas, las traíamos, porque no las podíamos dejar ir. Marcábamos un paso firme, un paso desentonado, un paso rebelde, un paso tardío, un paso, o dos, o tres. Marcábamos los pasos, los marcábamos.
Siglos de desencuentros para finalizar en un instante. La disolución hecha palabra, porque la voz no se había olvidado, estaba allí presente, susurrando en el espacio infinito que nos habitaba. Traíamos todos nuestros recuerdos juntos, y una esperanza verdadera en la humanidad y en todos sus frutos. Queríamos saber de qué se trataba la nueva verdad, y nos encontramos para revivirlo. Ya sabíamos todo lo que teníamos que saber. Los trajes ya estaban diluidos. Nudos cortos se desataron, mientras mirábamos las estrellas que nos habían convocado. Estabas tan vibrante, como siempre.
Hubo una vez un delirio que me llevó a creer que ya más nunca te encontraría, pero los destellos me mantenían con fe, porque las manos ya se habían unido, porque los cuerpos ya se conocían, porque los otros ya no tenían sentido. Había nuevos ojos que nos iluminaban, más allá de toda tormenta, más allá de toda sinrazón, más allá de todo lo que vivimos, más allá. Trajimos todo lo que necesitábamos, y mucho más también, porque no podíamos pasar el invierno sin abrigos, no podíamos. El frío era intenso, y las memorias se confundían con los recuerdos, no había más que hacer, ya todo estaba reconocido. Hijos, y madres, y abuelos, y padres, y un sínfin de re-encuentros, ya no había más que hacer, porque ya todo estaba resuelto. Recordamos sinsabores, y lujurias, y recesos, y tristezas, recordamos. ¿A quién le hace falta recordar más que a las almas que lo necesitan? Traíamos infinitas soledades, infinitas, las traíamos, porque no las podíamos dejar ir. Marcábamos un paso firme, un paso desentonado, un paso rebelde, un paso tardío, un paso, o dos, o tres. Marcábamos los pasos, los marcábamos.
Hermana
del amor, y del reencuentro de las almas afines. Hablan como poesía, el arte
que expresa verdades del corazón, un sentir profundo, una mirada hecha brisa,
un instante convertido en canción. Instantes de creación, infinita gratitud.
Todos
somos lo que siempre fuimos, y estamos aquí haciendo lo que siempre hicimos,
nunca cambiamos y más nunca cambiaremos, no importa quiénes seamos ni donde
estemos, siempre seremos los mismos, siempre seremos los mismos. Y está bien
que así sea. Ya no sé lo que escribo, el corazón dicta y las manos mueven los
dedos, mas es que la visión es tan interna que la reproducción se vuelve
sorpresiva. Las cadenas de la mente se rompieron, un triángulo me reconectó con
el poder eterno de la visión, un simple triángulo me dijo que lo único que
debíamos hacer era ser el infinito en un momento, todos somos hermanos, y en
cada uno de nosotros nos reconocemos, todos somos hermanos, todos somos, todos
somos.
Mirando
a tus ojos puedo ver como se revelan las iniciales del cielo, y me dicen que te
veré volver con las manos abiertas y el corazón predispuesto, porque sabías que
llegaría, porque sabías que llegarías. Trato de hacerme presente para no perder
el silencio que me inspira, más una voz me tranquiliza: "no te dejes vencer por
la tristeza o el dolor, el mundo desaparecerá como lo conoces, y vivirán en paz
y en riqueza todos los seres que lo habitan, como ya fue en un momento, como ya
fue en la Lemuria, en las danzas, en los cantos, en los juegos, como ya fue
todo en un comienzo, cuando las trinidades eran únicas, los mantos eran
envolventes y las noches nunca eran largas, y los días se llenaban de flores y
cantores, manifestando la gracia pura de todo lo existente". Estaban en paz,
estaban contentos, miraban con ojos sinceros, miraban. Ya no hay nada que
temer, todos los siglos y los milenios se resumen en un suspiro, en uno solo y
simple suspiro.
Historias
de amor inspiradas por la Lemuria, preciosas hermanas, diosas de todos los
mundos. El agua danzaba mientras ustedes reían, un viaje al encuentro de las
primeras lemurianas, las primeras que se enardecían, y calentaban el alma de
los que no tenían consuelo. Eran treinta y cinco, treinta y cinco almas
dispuestas a reconocerse más allá de todo lo conocido, treinta y cinco que
sonrientes caminaban por los ríos, como agua, como fuente, como oro, treinta y
cinco.
