Recuérdame,
recuérdame hoy y siempre,
en estas letras, en este papel, en este suspiro.
Recuérdame,
y que mi recuerdo sirva para unir los corazones,
y para limpiar la nostalgia del vacío por llenar.
Habítame cando necesites refugio,
habita mi recuerdo cuando la soledad te invada,
cuando sientas que no hay nada más allá de tu vacío,
cuando la dicha esté lejana
cuando sientas que no hay futuro para ti, para nosotros.
Allí encuéntrame,
y habítame.
Habítame la piel y la esperanza,
cuando te encuentre la soledad en los suspiros del anochecer,
cuando los grillos canten y los despertares sean sombríos,
cuando el sol salga y se esconda tras nubes grises,
recuérdame,
y concíbeme.
Concíbeme como la entrega y la pasión,
como el inicio de la disolución,
como la continuidad de la exploración,
como el silencio tras las sabanas,
como el abrigo de la tristeza,
como la nostalgia hecha polvo en las estrellas que nos acompañan.
Abrígate con mi recuerdo,
y que la luna que nos une se emocione por él.
Abrázame, ilumíname, contiéneme,
muéstrame el camino hacia el destino que nos une,
muéstrame la razón que nos cobija
y el sendero que nos abraza.
Ay de mí, y de nosotros.
Ay de ti y del recuerdo.
Ay de nuestros recuerdos y desesperanzas.
Ay de nuestro corazón y de las noches.
Imagíname, y suéñame,
y me sumergiré en tus castillos
y me inundaré de tus deseos,
y me perderé en tus anhelos.
Amuralla este recuerdo,
y libéralo después.
Amuralla estos lamentos,
y libéralos también,
para que seamos uno en el recuerdo,
y uno en la soledad,
para que seamos juntos un encuentro
y la infinita eternidad.
Amurállame y libérame,
y libérate también a ti, dulce paloma de la noche,
que vuela entre las estrellas,
que navega por los cielos de las almas que recrudecen,
que libera los sufrimientos,
que acompaña los lamentos,
que arrulla los sentimientos y las lejanías.
Y vuélanos, vuélanos alto.
Recuérdame cuando estés sola,
cuando al final del día los sonidos callen y los silencios
despierten.
Recuérdame,
pues tu recuerdo me libera,
y me une a ti, y a tu vuelo.